De Puerto Obaldía a Capurganá, un grupo unido.

Día número 3, de la ruta Panamá-Colombia. Anoche el grupo se dividió apenas llegamos a la “isla”: Mario -el hombre mexicano- y la familia de Colombia se quedaron en un hostal, Jon, se quedó en otro, Susie, Paul, Etsa –el chico de Ecuador-, David y yo acampamos detrás del lugar en que habíamos comido. Esta mañana a penas levantarme, vi que Mario estaba ahí afuera platicando con David y Etsa. Se habían acercado dos hombres jóvenes de la isla. Negros, altos, de cuerpo atlético, vestían bermudas y playeras de tirantes. Estaban ofreciendo un mejor trato para que el grupo fuese en su lancha hacia Capurganá, y no en la de los otros. Nos cobrarían US$13 en lugar de 15. Aceptaron, cualquier descuento es bienvenido.

En cuanto Mario me vio me ofreció ir al hostal donde se quedaron ellos para que tomara una ducha. De inmediato agarré mi jabón y me fui con él. Me pasó por un pasillo como a escondidas para que no hubiese problema con la dueña. Como bien dijo Mario “el baño te renueva”. Salí fresca y lista para lo que venía. Ya todos estaban fuera de las oficinas de migración esperando que abrieran. Las tiendas de campaña las habían recogido David, Susie y Paul que ya estaban esperando ahí también, al parecer tardé tanto que hasta les di tiempo de ir a comprar algo de pan. Desayunamos donas rellenas de cajeta/dulce de leche.

 

Abrieron las oficinas y nos amontonamos todos en la entrada. El agente nos pidió los pasaportes a todos, debíamos esperar a que nos llamase. Comenzó por Jon y la familia. Era necesario presentar dos copias del pasaporte, no las tenían, el único lugar en la isla en donde podían sacarlas abría hasta las 9, eran las 8:30am. David, Susie, Paul y yo éramos los únicos que llevaban copias. Entramos a la oficina, el agente nos preguntó a Susie y a mi si teníamos hijos, “si no para felicitarlas, porque hoy es día de la madre aquí en Panamá, de hecho yo no debería estar trabajando, deberían pagarme extra” dijo. Por suerte para nosotros sí tuvo que trabajar, selló nuestros pasaportes, oficialmente dejábamos Panamá.

Esperando frente a migración. Izq a der: Rafa, el bebé y su mamá, Etsa de pie, Rafa Jr., Mario, la niña de la famila, Jon, yo, Paul y Susie.
Esperando frente a migración. Izq a der: Rafa, el bebé y su mamá, Etsa de pie, Rafa Jr., Mario, la niña de la famila, Jon, yo, Paul y Susie.

Ben, el chico inglés que conocimos en el Club de Yates –él viaja del sur al norte- nos contó que ese agente era muy duro con las personas que intentan entrar a Panamá por Colombia, a él lo hizo esperar tres días ahí en Puerto Obaldía. Etsa nos contó que a él lo hizo esperar seis días ahí mismo hasta que le dio la entrada al país.

Rafael, el padre de la familia, había estado trabajando en Panamá con el pasaporte vencido, y temíamos que hubiese problemas con él, aún más por lo que nos habían comentado del agente. Por suerte todo salió bien.

 

Anoche después de encontrar donde dormir, fuimos en busca de comida –no encontramos nada-, nos topamos con Jon y Rafa, estaban fumando mientras hablaban en la acera. Rafael estaba preocupado, se les había terminado el dinero y según creíamos, no habría un cajero hasta Turbo –para llegar allá nos faltaba tomar dos lanchas más. Jon preguntaba si alguien del grupo podría prestarle dinero a Rafa, él lo haría, Mario lo había hecho también, al fin quedamos en que entre todos apoyaríamos para que el grupo lograra llegar al destino.

 

Eso del dinero es algo bastante común, varios blogs recomiendan llevar cierta cantidad de dinero ya que no hay cajeros en la ruta y nunca sabes a ciencia cierta cuánto necesitarás. Menos con tres niños. A la mayoría de los viajeros no les gusta viajar con mucho dinero en efectivo, pero es algo necesario en este transcurso a menos que quieras correr el riesgo de quedarte varado en alguna isla.

 

Todos estábamos ya más relajados y terminamos platicando ahí, sentados en la acera hasta ya noche. Rafael había llegado a Panamá con su esposa y dos hijos: una niña de 7 y un niño de 4. Iban en busca de un mejor trabajo y mayores ingresos de los que ofrecía Colombia. Ahora regresaban a su tierra, algo desilusionados de lo que obtuvieron en Panamá, con pasaportes vencidos y un nuevo bebé, de apenas dos meses.

 

 Mario, fotógrafo mexicano de 60 años –con energía de 20-, “adoptó” a los niños como sus nietos, no se le separan durante todo el día. Mario es una persona muy admirable. Ha tenido una actitud positiva en todo momento y de apoyo a los demás. Platiqué un buen rato con él, me alegra mucho encontrarme con gente de mi país y más aún si son como Mario. Conoce México de pe a pa, y lo describe con entusiasmo y orgullo. Me recomendó montonal de lugares que yo aún no conozco, es más, ni siquiera sabía que mi país los tenía.

 

Alistandonos para lo que venía
Alistandonos para lo que venía

Hoy después de concluir con el trámite en migración, me di cuenta de que mientras me bañaba David había tenido problemas con el lanchero con que hablamos ayer. El hombre no aceptó que nos fuéramos con los otros que nos daban un mejor precio, “eso no es posible, ustedes –David y yo- váyanse con quien quieran, pero el resto se va conmigo”. David le explicó que todos íbamos juntos y que nosotros no estábamos obligados a ir con él. El hombre fue a hablar con Rafael, y le dijo que ellos se iban con él, Rafa también le aclaró “somos un grupo, a donde vayan ellos vamos nosotros”. Las cosas se pusieron muy tensas.

El hombre comenzó una discusión muy fuerte con los lancheros que cobrarían menos.

 

Habíamos quedado en tomar la lancha después de terminar en migración. Llegamos y no había lancha, ni estaban los chicos con quienes habíamos acordado, sólo el hombre. Ahora sí no teníamos opción, debíamos irnos con él. Si los otros no estaban era porque ya no querían llevarnos, creemos que por el pleito que tuvieron. El hombre nos bajó la tarifa a US$13.50 por persona. Comenzamos lo que fue el tramo más doloroso –literalmente- del recorrido.

 

La lancha iba muy a prisa, esta vez no había ni toldo ni respaldo para la mitad de los asientos. Las olas elevaban el bote en el aire que después caía con mucha fuerza contra el agua. Los niños gritaban y reían, se estaban divirtiendo. Era poco peso el que había en la lancha así que nos elevábamos alto y caíamos duro. Estuvimos botando en los asientos de fibra de vidrio extra-duro por algo cerca de una hora, hasta que por fin llegamos a tierra, estábamos en Capurganá con un dolor de coxis bastante molesto.

Llegada a Capurganá
Llegada a Capurganá

En el puerto, al bajar de la lancha escuché que alguien nos gritaba, vi al viejo que nos hizo la vida imposible en Cartí. Él y el lanchero estrella que prefirieron venirse hasta acá solos en vez de bajar diez dólares a la tarifa y dejar su prepotencia de lado, estaban aquí para recibirnos. Lo que el viejo gritaba era "quieren todo gratis, quieren todo gratis”. Me molestó mucho, MUCHO. Pensé en lo bien que me sentiría de echarlo al agua, David había comenzado a discutir con él, deje mis pensamientos de lado y salí de ahí con David antes de que las cosas se pusieran peor.

 

 

Fuimos hacia las oficinas de migración a sellar nuestra entrada a Colombia, por fin!! El trámite fue rápido y sin costo, nos pasaban a la oficina, preguntaban nuestro motivo para visitar Colombia, y luego el sello. Ahí mismo nos cambiaron dinero, 1,700 pesos colombianos por cada dólar.

No había lanchas que fueran a Turbo sino hasta mañana, el viaje costaría 55,000 pesos colombianos por persona. Un chico nos conseguía un viaje “expreso” que podría llevarnos hoy mismo hasta Ecoclí –un lugar que nadie de nosotros conoce- que según lo que nos dijeron está más cerca a Cartagena que Turbo.

La familia quería tomar la lancha express, entre más pronto en casa mejor –lo cual se entiende perfectamente por los niños. Jon quería salir ese mismo día de Capurganá, “yo solo quiero llegar lo antes posible a un lugar con caminos, carreteras y no tener que tomar más lanchas”, jajaja fue gracioso. Etsa ni siquiera podía tomar esa lancha ya que él necesitaba llegar a Turbo porque de ahí salía su bus a Ecuador. Susie y Paul preferían quedarse y pasar la noche en Capurganá, a nosotros nos gustaba más esa última idea, y Mario estaba de acuerdo con lo que la mayoría decidiera. Fue todo un lío. Discusiones entre el chico que ofrecía la lancha, los lancheros, el grupo… todos hablando a la vez, desacuerdos, desacuerdos, desacuerdos. Al fin Susie y Paul –Paul no habla ni una pizca de español así que solo entendía lo que Susie traducía- se alejaron del grupo, no querían saber nada de la situación e iban por una cerveza.

Pedimos al chico –se llama Jason-, que nos diera tiempo para pensarlo, una hora para comer y tranquilizarnos. Él mismo nos llevó a un restaurante fuera de la callecilla principal. La mujer, una negra exuberante y grande, de cara amable nos recibió con una sonrisa y diciendo “siéntense, yo no voy a pelear con ustedes”. Nos sirvió lo que aquí llaman “comida corriente”: un plato de sopa –que para mí es caldo de res-, un plato con arroz –blanco o con coco, riquísimo-, frijoles, plátano frito, carne guisada y limonada, todo por 9,000 pesos colombianos – US$5.

 

Luego de la comida David y Paul fueron a ver el bote en el que nos iríamos de tomar el expreso. Lo describieron como “solo con mucha suerte llegaríamos”. El bote tenía 40 caballos de potencia, éramos 9 personas, sin contar a los niños, con mucho equipaje, las lanchas que habíamos tomado antes tenían al menos 200 caballos de fuerza – y aun así dieron problemas y se paraban a medio mar. La decisión estaba tomada, no nos iríamos.


Aunque de principio no a todos les gustó la idea, más tarde estuvimos todos de acuerdo en que había sido la mejor decisión, además Capurganá es un lugar bastante disfrutable.

El hostal en que nos quedamos
El hostal en que nos quedamos

Nos volvimos a separar para buscar dónde pasar la noche, nosotros conseguimos habitaciones baratas –12,000 pesos colombianos p/p- en un hostal frente a la playa, Susie y Paul se quedaron en el mismo lugar, la familia encontró un hotel donde les cobrarían 10,000 p/p y Mario, Etsa y Jon pagarían 10,000 por una tienda de campaña en la que dormirían los tres.

 

Fue hasta entonces que pude disfrutar –al menos por un rato- del Mar Caribe y darme un baño. La playa era para mí sola, bueno también había un niño. Nadé un rato en el agua cristalina/turquesa y dormí el resto de la tarde. Desperté cuando el sol ya se había metido, fuimos a buscar algo para cenar.

Yo -el punto negro en el agua-
Yo -el punto negro en el agua-

Las calles estaban llenas de gente y música, en las puertas de las casas había hileras de velas encendidas por el día de la Virgen María. Encontramos a Jon, Mario y Etsa, todos nos veíamos mucho más limpios. Mario nos contó un poco más sobre su vida de empresario, la cual dejó para comenzar a “aprender a vivir” como él dice, “yo solo sabía trabajar”. Etsa nos explicó de su misión – él tiene 24 años, es parte de una tribu interna en el amazonas ecuatoriano-, una carrera espiritual que se realiza año tras año como un encuentro entre diversas tribus indígenas latinoamericanas, cada tribu envía a su representante a correr –literalmente- por los países que hayan sido definidos. Etsa había llegado hasta la frontera entre Panamá y Costa Rica, ya que este último país no le dio visa de entrada.

Etsa abrió la invitación para que lo visitásemos en Ecuador, con su tribu, en especial habló con Mario, y Mario decidió que se irá con Etsa al amazonas.

Jon y Etsa con sus collares
Jon y Etsa con sus collares

Estábamos sentados frente a una tienda de artesanías, más bien tipo joyería. Jon y Etsa compraron cada uno un collar que tenía de dije un diente de león marino –abre la mente los sueños, dijeron- y por su compra pedían un regalo a la chica que los atendió. Me acerqué porque vi unos aretes que me gustaron, y claro… también pedí mi regalo. La chica era muy atenta y alegre, por mi compra hasta a David le tocó regalo: me dio un cuarzo –que como dice mi tía Amelia, un cuarzo siempre debe ser regalado para que atraiga buena suerte-, una piedra de jade con la que haré un anillo y un caracol –para David.

 

Luego llegaron Rafael y su esposa, estaban mucho más relajados después de haber encontrado donde retirar dinero, un WesternUnion –ya no tendrían que esperar hasta Turbo. Los niños ya estaban dormidos.

 

Cenamos arepas rellenas de queso con carne encima –que ricura!- luego cada quien fue en busca de su cama.

 

Andrea

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Comentarios: 4
  • #1

    miguel salinas (miércoles, 02 octubre 2013 16:44)

    hola su diario me sido de mucha ayuda pero tengo una duda con respecto a el agente de migracion yo estuve en panama hace 4 años y sali con mi propio pasaje de avion pero estuve mas tiempo del q tenia permitido y no se si esto me impida entrar a el pais ya q uds vivieron algo parecido me gustaria saber si existe la posibilidad de q no me dejen entrar para no perder el tiempo y el dinero haciendo esta travecia q real mente me encantaria realizar
    muchas gracias por la inf q me puedan brindar

  • #2

    Zaigua (jueves, 03 octubre 2013 08:39)

    Hola Miguel, que bueno que te sirva de ayuda para tu planificación. Con respecto a tu pregunta no conocemos al detalle la legislación panameña, pero por lo que hemos podido ver en otros países, normalmente se aplica una multa económica pero no suelen negarte la entrada. Lo mejor es que contactes con migración panameña con tiempo y les expliques la situación, probablemente únicamente tengas una sanción económica, un saludo.

  • #3

    kathe (lunes, 13 enero 2014 01:28)

    y la van donde estaba?

  • #4

    Zaigua (lunes, 13 enero 2014 06:29)

    La Zaigua iba en un contenedor desde Colón hasta Cartagena ya que todavía no existe una carretera que una centroamérica con sudamérica

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