Hola Cartagena!

Hoy desperté con frio por el aire acondicionado de la habitación, creyendo que era de madrugada cuando en realidad eran pasadas las 8am, por las cortinas que no dejaban entrar ni un rayo de luz. Después de un baño salimos al lobby del hotel. No era tan malo como pensé cuando entramos ahí, se veía mucho mejor de día que de noche –con aquella luz tenue y figuras de luz láser reflejándose en el techo. Ahora entraba mucha luz por el ventanal que da a la calle y además, teníamos una jarra de buen café.

 

Nos sentamos a revisar correos electrónicos y demás, en un afán por acelerar el trámite para recoger los vehículos. Después de varios e-mails, Tea, la agente aduanal que nos está ayudando a hacer este proceso, nos informó que las camionetas no estaban en Colombia aun, pero para mañana estarían aquí. Se supone que debían estar aquí desde ayer. Luego de eso fuimos directamente a la página de Evergreen, la compañía encargada del transporte de los vehículos, ahí pudimos ver en el estatus que seguían en Colon y que ni siquiera habían sido cargadas todavía. Hubo un malestar general, tendríamos que esperar más de lo planeado.

Fuimos a desayunar, al lado del hotel había un lugar done vendían pollo, pedimos dos y una coca-cola. Nos sirvieron el pollo acompañado de papas cocidas, y para comerlo nos dieron guantes de plástico transparente, eso fue lo más gracioso que habíamos visto en días. Luego de la comida tomamos un bus que nos llevara hasta le centro, MetroCar por COL$1,500 p/p.

Vista desde el lobby del hotel
Vista desde el lobby del hotel

La zona no era nada bonita, había mucho polvo y humo entre decenas de motocicletas y camiones, salimos de ahí, el autobús se metió por infinidad de calles rodeadas de casas y uno que otro parque. Se alcanzaban a ver a lo lejos los rascacielos. El sol me daba en la cara, estaba muy fuerte, todos teníamos mucho calor y sudamos bastante. Antes de entrar a la zona centro hubo que parar en una caseta de cobro que permite el acceso al área. Después de la caseta lo primero que vimos fue un caballo atravesando la avenida de lado a lado rápidamente entre los carros que paraban asombrados, se había escapado, su dueño iba corriendo detrás.

 

Las calles estaban limpias y había muchos carritos vendiendo fruta, la mayoría vendía mango. Susie compró uno. Preguntamos por la zona más barata en la que pudiéramos quedarnos. Nos dijeron que fuéramos al barrio Getsemaní, a pocas cuadras de la muralla que rodea la zona.

Gesemaní es un barrio bastante tradicional en Cartagena, las calles son angostas, las casas coloridas y con balcones. Hay desde hostales –varios muy modestos- hasta hoteles boutique, panaderías, tiendas, muchos restaurantes y neverías. Preguntamos en unos diez hostales, nos había gustado uno –por el precio y el lugar.

 

De pronto nos interceptó un chico, moreno y de cabello afro, nos habló inglés preguntando si buscábamos un lugar para quedarnos. Nos llevó a su hostal, Casa Iguanas, se veía bien, al final decidimos quedarnos ahí, era también el más barato -COL$15,000 p/p. Los otros cobraban 25,000-, el detalle era que dormiríamos en un cuarto bastante pequeño –a lo cual no le vi el problema, nuestra casa es una Combi…- y un abanico en lugar de air/con –tampoco pensé que fuese tan grave.

 

Entrada del hostal
Entrada del hostal

Hugo, el chico que nos trajo hasta aquí, es quien maneja el hostal, nos dijo algunos por menores de la zona. “Aquí es muy seguro porque hay mucha policía, los van a ver, aquí hay en cada esquina. Están protegidos a menos que quieran comprar droga, ahí si ya ustedes están solos.”

Salimos a conocer el barrio, fuimos al área de la muralla, justo frente a la playa y nos metimos en muchísimas calles en el centro, entre mucha gente, calandrias tiradas por bellos caballos, tiendas, tiendas y más tiendas, restaurantes, balcones con flores, gente vendiendo artesanía, al fin nos metimos a una nevería a descansar un poco del bullicio. Ya cuando íbamos de regreso vimos a un grupo de danza bailando al lado de la Torre del Reloj, que da entrada a la muralla, tenían trajes que me recordaron a los de la Danza de los Viejitos en México. Luego vimos muchos puestos de comida, nos emocionamos bastante pero ninguno de los dos tenía hambre, yo me había comido entero un mango gigante además de la nieve.

 

Al regresar al hostal me di cuenta del infierno que es nuestra habitación. El sol golpea todo el día justo de frente a nuestra ventana, no corría el aire, ni un poquito! Todo el calor esta ahora concentrado y el abanico ni se nota. Al acostarme las sábanas se quedaron pegadas a mi piel, la cama es diminuta y me da miedo caer de la litera y volver a lastimarme la clavícula… Es imposible dormir ahí adentro.

 

Extraño la Zaigua muchísimo, tengo ganas de poder sentir que estoy en mi lugar, me ayuda a no extrañar tanto mi casa…

 

Andrea

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