La ciudad blanca, Popayán

Hoy despertamos algo asustados al sonido de golpes en las ventanas de la Zaigua. Era uno de los trabajadores de la gasolinera en la que dormimos; habíamos quedado en irnos a las siete de la mañana y ya casi serían, así que “amablemente”, fue a despertarnos.

 

Había bastante movimiento en la gasolinera, se veía mucho tráfico en las avenidas, motos atravesándose por todos lados.   En Cali, al igual que en numerosas ciudades de Colombia, las motos son como una plaga. No digo que la utilización de motocicletas sea algo negativo, estoy de acuerdo con que ayudan a que el tráfico sea un tanto más fluido y que disminuyen la cantidad de coches transitando. Peeeeero…. No siguen las normas de vialidad!  Vas en tu carril y de pronto se atraviesan –porque eso es lo que hacen, atravesarse- unas cuatro motos, por la izquierda, por la derecha, con hasta tres o cuatro personas a bordo.  Entre auto y auto siempre hay motocicletas, pareciera que no existen los carriles.

 

 

Logramos salir del caos vial que por suerte no era grave, a pesar de que era mucho el tráfico, no había embotellamientos.  Tomamos camino hacia Popayán sin poder despedirnos en persona de Julio que tanto nos ayudó ayer. 

 

La ruta Cali-Popayán, según nos han dicho ya muchas veces distintas personas, es zona de guerrilla; el teniente de bomberos en Manizales nos advirtió que debíamos hacer ese trayecto de día y bajo ningún motivo seguir por la noche o parar en los pueblos que se encuentran en medio.  Lo mismo con la ruta Popayán-Pasto, que es nuestro último destino en Colombia.  ‘Se van a encontrar varios pueblos entre Cali y Popayán y luego de Popayán a Pasto, pero ustedes deben seguir, no se vayan a quedar  en ninguno mejor váyanse directo a las ciudades. En los pueblos aún hay presencia de guerrilla…’ nos aconsejaron.

 

A la salida de Cali paramos a desayunar, lo típico: huevos, arroz y una taza de chocolate caliente.  Apenas terminamos seguimos el camino, ya que no sabíamos exactamente cuánto podríamos demorarnos en llegar a Popayán. 

 

A lo largo de la carretera vimos unos siete retenes militares, soldados parados al lado del camino con arma en mano. Al vernos muchos de ellos sonreían y levantaban su pulgar.  El estado de la carretera era bueno, así que mucho antes de lo que creímos estábamos en Popayán. 

 

Nos dirigimos hacia el centro, y tomamos algunas fotos entre sus casonas color blanco con balcones de madera.  Recordaban un tanto a Girón y su casco antiguo, todo en color blanco.  Pasamos varias cuadras, las construcciones monocromáticas, gente caminando en las calles y el sol golpeando con fuerza.

 

 

Luego de estar en el centro nos fuimos a un centro comercial que vimos apenas entramos a la ciudad. Ahí comí un burrito – que no estaba nada mal- y helado; David comió un sándwich de chorizo y de mi helado. Estuvimos varias horas en la computadora, aprovechando que había wifi gratis. Cada uno tratando de comunicarnos a nuestras casas. Entre más tarde era, más gente había y peor se ponía el internet. Así que optamos por movernos y comenzar a buscar dónde dormir. Las calles estaban iluminadas, música por todos lados, muchos bares y terrazas. Nuestra primera opción fue ir a ver si podíamos quedarnos con los bomberos, pero nos dijeron que mejor preguntásemos en la gasolinera que se encontraba a unas cuadras de la estación. En la gasolinera nos hicieron un espacio entre los muchos autobuses que hay aquí.
Ahí atrás esta el gato...
Ahí atrás esta el gato...
Justo al frete de la Zaigua hay un enorme gato iluminado con focos de colores haciendo de entrada a una feria. Tendremos música, gritos y luces para toda la noche. Nada impedirá que descansemos hoy…. Andrea

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