Por fin, hoy es día de mercado de artesanías!

Nos levantamos temprano, nos abrigamos y subimos a la camioneta con dirección a Otavalo. Lo primero sería ver el mercado de ganado, que empieza dos horas antes del de artesanías, a las 6am. Llegamos a la ciudad y nos acercamos al mercado; comenzamos a ver puercos de todos tamaños y colores, chillando mientras sus dueños los arrastraban al mercado., y una que otra cabra que también se ponía rejega.

 

El ambiente era totalmente distinto al del mercado de ganado al que fuimos en Chiquinquirá, Colombia. Para empezar, en este no solo había vacas y cerdos, también había pollos, cuyes, perros, gatos, pavos y cabras. Gente vendiendo comida, pomadas, medicamentos milagrosos y helados. El área era bastante amplia y el número de animales era aún más amplio. También se veía más gente vendiendo que comprando.

Por las orillas, sobre una colina, estaban las cocinas. Estufas en puestos improvisados, bajo lonas plásticas color azul. Sartenes con aceite oscuro y denso en los que se freían huevos, tortitas de papa y empanadas. Lechones rellenos de arroz y verduras. Café, jugos y licuados. Todo en pequeños espacios entre los que cabía la gente.

 

Entramos a una de las cocinas, David y yo comimos arroz con carne y verduras, no estamos seguros pero pensamos que es el arroz que estaba dentro del lechón. También comimos empanadas - harina frita rellena de queso – y un café. Fernando, que nos acompañó para el desayuno, pidió lo mismo que nosotros.

 

Terminamos de desayunar cuando el mercado de ganado estaba terminado, muchos se llevaban ya a sus animales, que nerviosos pateaban o trataban de zafarse de las cuerdas que tenían al cuello y ponían nerviosos a otros animales. Una vaca se escapó de su dueño y corrió despavorida colina arriba el hombre tuvo que estar un buen rato a la caza, corriendo de arriba para abajo hasta atraparla.

Dejamos el mercado de ganado y nos fuimos al de artesanías. Apenas vi a las mujeres con sus parches en el suelo, me acerqué y terminé comprando un pijama. Seguimos y encontramos a un hombre extrayendo miel de un bote en el que se podían ver aún trozos del panal y compré un botecito por dos dólares.

 

David me jaló hasta el área de artesanías y no salimos de ahí hasta cinco horas después. El mercado estaba lleno de colores, tejidos, texturas y variedad de productos: anillos, ponchos, sombreros, alpargatas, bolsos, tapetes, pipas, pantalones, carteras, pinturas, esculturas, cobijas, bufandas, trajes típicos, aretes, comida, dulce de coca – que pa’ la altura, gusanos sanadores… y demás cosas que ahora no recuerdo.

Me faltaron horas para ver todo lo que había en el mercado, aunque a David le sobraron y comenzaba a desesperarse.   Caminamos bastante de un lado a otro, aprovechamos a comprar uno que otro detalle para nuestras casas y algunas artesanías que venderemos para conseguir fondos para el proyecto.

 

El mercado de Otavalo es enorme, los precios son muy bajos y hay muchísima gente, tanto ecuatorianos como extranjeros, haciendo compras. Es un gran motor económico para la región y facilita a la gente del área la venta de sus productos, es también un atractivo turístico y un generador de empleo – directo e indirecto.

Después de medio día comenzó a nublarse y a caer una que otra gota de lluvia, escuchamos a dos vendedores mientras decían “¡con que o venda nada, nomás que no llueva!”, “¡hum, la que se avecina!”. Eso nos hizo apurar las compras restantes, aunque yo podía quedarme ahí por varias horas más, con o sin lluvia.

 

A las dos de la tarde terminamos con nuestro recorrido en Otavalo, Fernando fue a recogernos y apenas me senté en la camioneta sentí que me caía encima todo el cansancio que había acumulado. Entonces comenzó una ligera lluvia.

 

Paramos a hacer una llamada y aproveché para llamar a casa, aunque tuvo que ser muy breve ya que cada minuto me costaba casi un dólar. Más tarde nos conectaremos a internet, quizá después de una siesta, estamos tan cansados que ni siquiera he visto las compras que hicimos.

 

Lo único que está claro es que esta noche estrenaré mi pijama nuevo. Valió la pena esperar al sábado para ir mercado.

 

Andrea

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