Adentrándonos en la selva: Comunidad Wachimak

Ayer nos acostamos tarde, entre una cosa y otra, así que esta mañana apenas y si logramos llegar a tiempo a donde veríamos a Jacobo para irnos a su comunidad.  Como si la desvelada fuese poca cosa, desperté con un dolor de estomago insoportable, que provocó que fuese vomitando todo el camino hasta llegar a la comunidad, lo cual tomó unas cinco horas.

 

La comunidad se llama Wachimak y se encuentra adentrada en la Amazonía ecuatoriana.  Conduciríamos con la Zaigua durante poco más de cuatro horas en un camino de curvas, por supuesto tuvo que manejar David, yo iba tirada atrás con una bolsa de plástico en la mano - por si acaso.  Después de ese trayecto, debíamos tomar un bote y cruzar el río Napo; luego tomaríamos un cayuco para cruzar un río más pequeño y después comenzaríamos una caminata de una hora en la selva. 

 

La verdad es que el camino fue muy duro para nosotros, David no soportaba la humedad y yo, yo solo quería vomitar.  Por suerte Jacobo nos advirtió que debíamos llevar botas de caucho –para la lluvia- o nos hubiésemos quedado a medio camino con un pie lastimado entre las ramas y el fango. 

 

Jacobo no pudo acompañarnos porque tenía algunos compromisos, pero con nosotros vino Teresa, su esposa, quien resultó ser una magnifica guía.  Ella no llevaba botas e hizo el camino descalza, al parecer todo es cuestión de acostumbrarse. 

 

David y yo íbamos como zombies, arrastrando los pies de cansancio, batidos en lodo y mucho sudor.  Cuando llegamos nos dejamos caer sobre las tablas de madera que hacían de piso en la cabaña en la que paramos.  Estábamos agotados, Teresa y los demás se reían de nosotros, para ellos no había sido la gran cosa. 

 

Nos quitamos las botas y nos limpiamos el sudor. Iríamos a comer a una de las casas de la comunidad, la de doña Paulina, la cocinera.  Nos sentamos en el  “porche” en una tabla de madera – en la comunidad todas las construcciones son de madera- y esperamos junto con los otros hombres que nos ayudaron en el camino, también miembros de la comunidad.

 

De la casa salieron dos niños pequeños que jugaban y revisaban que la comida –que  se encontraba en una pequeña estufa metida en una diminuta construcción de palma y madera-  no se quemara. Luego apareció una pequeña mujer esbelta y muy morena igual que los demás, estaba descalza y parecía un poco mayor. Llevaba con ella una jarra de agua de piña – el sabor lo supimos más tarde. Ella era doña Paulina, se acercó y se presentó en voz baja mientras sonreía. 

 

La mesa puesta
La mesa puesta

Comimos sancocho de papa china (¿?), era como una sopa espesa de papas pequeñas y suavecitas. Luego nos sirvió un huevo frito, tomate en rebanadas y tortitas de papa – no estamos seguros de que era papa. Después de la comida nos enviaron a descansar, estábamos rendidos. 

 

Prepararon una habitación para nosotros, estaba en la primera cabaña a la que llegamos.  Era una construcción de dos pisos, la habitación tenía una pequeña ventana y la cama estaba rodeada por una mosquitera –increíblemente útil en la selva.

 

Despertamos después de casi dos horas, había gente en el primer piso que se había congregado para platicar con nosotros.  Ahí conocimos a Francisco, esposo de Doña Paulina, ambos fundadores de la comunidad; conocimos a Byron, presidente de la comunidad –elijen a uno distinto cada dos años; a Bolívar, hermano de Francisco y de Jacobo, y a dos mujeres con las que aun no hablamos.

 

Francisco nos contó a grandes rasgos cómo es la organización de la comunidad: cada familia tiene una finca en la que la mayoría cultivan legumbres y tubérculos para consumo familiar. La comunidad esta compuesta por alrededor de 100 personas, entre ellos muchos niños.  Debido a la distancia y a la selva, no hay carreteras directas que vayan a Wachimak, por lo tanto todo lo que entre o salga de la comunidad debe ser acarreado a pie en el hombro.   No hay agua potable, toman agua de lluvia que hierven para su consumo.

 

Charlamos un buen rato, creo que lo que más nos ha sorprendido es la disposición que tienen para recibir a externos y lo abiertos que están para compartir la esencia de su cultura.  Nos hablaron de los voluntarios que han recibido de otras partes del mundo, y las ganas que tienen de que vengan más. Han compartido muchas experiencias con gente foránea y eso, al contrario de lo que pasa en muchas otras comunidades, ha reforzado en ellos el orgullo y aprecio por lo suyo. 

 

Antes de que anocheciera hicieron un ritual de bienvenida para mí y para David: alejaron de nosotros el mal viento – así nos dijo Teresa - que pudimos tomar al cruzar la selva.  Para eso, hirvieron en una fogata una gran olla con varias clases de plantas. 

 

Tuve que quitarme la ropa y ponerme solo una toalla ya que harían vapor con esas plantas. Teresa me sentó en un banquito, me cubrió con una manta y puso la olla en el suelo.  El vapor me inundó rápido. El aroma era relajante. Después de un rato, con esa misma infusión Teresa me dio un baño, la echó sobre todo el cuerpo excepto en la cabeza.  Me relajó muchísimo, me sentí limpia después de quitarme todo el sudor de la caminata.

A David lo sentaron en el mismo banquito, y tres hombres, uno a uno, le pasaron un ramo de hierbas por el cuerpo mientras soplaban a lo lejos.  Quedamos muy sorprendidos con la ceremonia.

 

Luego de esto fuimos a dormir. Los ruidos y la oscuridad son impresionantes. Hay toda clase de sonidos y soy totalmente incapaz de asociarlos a algún animal, excepto el de los sapos porque Teresa nos dijo que eso eran, aunque suenan totalmente diferente a los sapos que conozco. 

 

Mañana nos iremos de pesca y conoceremos más de la comunidad de Wachimak, por lo pronto aprovecharemos a descansar.

 

Andrea


 

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