sáb

22

jun

2013

De la montaña a la capital

Esta mañana mientras estaba haciendo ejercicio en la plaza principal de Recuay conocí a don Lucho, un hombre de 82 años que me explicó bastantes detalles de la región, especialmente me contó la importancia que tiene la minería en la zona. Mucha gente está empleada por diferentes empresas mineras extranjeras y esto hace que casi no haya desempleo en la zona, es un trabajo duro pero por lo menos es una oportunidad para muchas personas. Este, junto al turismo, es el gran motor de la región, don Lucho me contaba que estuvo trabajando con una empresa minera hasta los 80 años y que toda esta zona es muy rica en minerales. Lo malo es que los mayores beneficios se lo llevan personas extranjeras y solo una pequeña parte queda para los peruanos.

 

Esta situación no es única en Perú, en nuestro trayecto hemos conocido muchos otros lugares en los que los recursos naturales son explotados por grandes compañías internacionales y solo una pequeña parte de los beneficios se queda para la población local. Esto ocurre con la complicidad de los gobiernos, una historia se repite en cualquier parte: el rico se aprovecha del más pobre para ser más rico y al pobre no le queda otra que aceptar la situación para poder subsistir o revelarse con todas las consecuencias que ello implica.

 

Salimos temprano de Recuay sin un objetivo fijo de hasta donde pensábamos llegar hoy. Nos separaban más de 400 kilómetros hasta Lima y dependiendo del estado de las carreteras nos plantearíamos llegar hasta la capital. Durante la primera parte del día continuamos transitando a un costado de la cordillera blanca admirando sus picos nevados y luego ya comenzamos a bajar hasta la costa. La bajada fue bastante sencilla, había muchas curvas pero en nuestro sentido prácticamente no encontramos nada de tráfico. Todo el tráfico iba en sentido contrario, muchos camiones que parecía que transportaban maquinaria pesada para trabajar en las minas.

Una vez que llegamos a la panamericana el camino fue mucho más sencillo y el paisaje cambió completamente. Regresamos a la región desértica, menudo cambio tan drástico, de estar rodeados de montañas nevadas pasamos a estar rodeados de arena. Seguimos conduciendo y conduciendo hasta que llegamos a Lima justo al anochecer y de nuevo otro cambio radical, de estar durante muchos días en pueblitos pequeños nos metimos en una gran ciudad llena de tráfico y ruidos.

 

Lo peor fue el tráfico, aquí casi nadie respeta las normas y hacen lo que les da la gana, especialmente cambiarse de carril a su antojo. Según nos fuimos adentrando en la ciudad la situación fue empeorando, en un momento dado un autobús por querer meterse en donde no había espacio nos golpeó ligeramente el retrovisor. Todo el cansancio y estrés que tenía acumulado lo saqué con el chofer, encima todavía quería argumentar que él tenía razón, se volvió a llevar otra buena colección de improperios.

 

Después de un buen rato luchando contra el tráfico conseguimos llegar hasta la zona de Miraflores, uno de los barrios más tranquilos, bohemios y seguros de Lima. Nos estacionamos en el malecón y ya no quisimos saber nada más de nada. Hemos estado conduciendo durante casi 9 horas y lo único que queremos es descansar, mañana seguro que ya veremos todo desde otra perspectiva.

 

David

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