Cruzando el Trópico de Capricornio

Esta mañana desperté y tardé un par de minutos en caer en cuenta  de que estábamos estacionados en una acera, frente al regimiento de la policía, en Calama, en vez de en nuestro habitual sitio en el parque, frente al pueblo de artesanos, en San Pedro…

 

Nunca imaginamos que íbamos a hacer de San Pedro algo tan nuestro, o más bien, que San Pedro haría de nosotros algo tan de ahí, un local más.  Personalmente, puedo decir que me ha sido muy difícil dejar el pueblo y a tanta gente con quienes iniciamos amistades.  Traté de convencer a David de que regresáramos, pero yo misma sabía que eso no sería lo más adecuado, debemos seguir con la ruta…

 

 

Hoy salimos de Calama rumbo a Antofagasta, en el camino logramos comunicarnos con John, nuestro amigo franco-chileno, que nos ha ayudado desde que pisamos San Pedro.  Él venía en ruta del sur hacia San Pedro. Nos pusimos de acuerdo para vernos ya que en algún momento en la ruta nos interceptaríamos. 

En plena autopista, con John
En plena autopista, con John

Ver a John fue algo emotivo, creo que tanto a David como a mí, nos trajo buenos recuerdos de cuando apenas llegamos a este país, y John se encargó de situarnos y explicarnos incluso cuestiones del lenguaje.  Hacía unas semanas que no lo veíamos y fue muy grato poder verlo y despedirnos de él, ver que las cosas le están yendo bien y que quizá, nos veremos en un futuro no muy lejano.

 

Aprovechamos para enviar con él algunos libros que Jorge –de la biblioteca-  nos prestó, y por las prisas antes de salir de San Pedro no pudios entregárselos personalmente, tampoco pudimos decirle adiós y agradecerle lo bien que se portó con David y conmigo todo el tiempo que estuvimos en el pueblo.  Creo que esa es la parte difícil de habernos ido: que el círculo no quedó totalmente cerrado.

 

También enviamos con John una película que mi vecino –un hombre mayor, sumamente agradable, que tiene su tienda llamada ‘Atacameña’ al lado de la agencia en donde yo trabajaba- nos prestó y tampoco pudimos devolvérsela personalmente.  En realidad espero poder regresar a San Pedro dentro de no mucho tiempo, y hacer muchas de las cosas que se quedaron pendientes.  Incluyendo, poder invitarle una cerveza a mi vecino.

 

Estos primeros días de ruta han sido, y seguirán siendo difíciles, pero poco a poco nuestro espíritu viajero ira despertando de ese sueño al que lo indujimos.  Por lo pronto, tuvimos algunas lindas sorpresas en el camino; la primera fue pasar el Trópico de Capricornio, que está indicado en un cerro al lado de la pista, como un hermoso y enorme relieve.

 

 

Luego en el camino nos sorprendieron los colores del cielo, increíblemente variados –por más que tratamos de fotografiarlos, no pudimos retratar su intensidad.  Otra cosa que nos tomó de sorpresa fue sudar, sentir esa humedad pegajosa que despide el cuerpo en su afán por refrescarse…  Hace meses que eso no nos pasaba: todo el tiempo que pasamos sumidos en el invierno andino –ese frio tan intenso- y luego, llegar a San Pedro, que es tan seco que no sudas ni una gota.

 

 

Además de ver el cielo y sudar, notamos algo que llamó mucho nuestra atención: el número de cruces o pequeños –y no tan pequeños- mausoleos al lado de la carretera.  Contamos ¡49! En una distancia de apenas 350km.  A nuestro parecer la carretera no es tan peligrosa como para que tanta gente haya muerto, pero en realidad no sabemos qué circunstancias hacen de esta autopista un sitio tan propenso a accidentes viales –quizá sea la cantidad de maquinaria pesada que pasa por aquí, debido a las minas; o el viento tan fuerte que sopla; la velocidad...  

Afortunadamente llegamos sanos y salvos a la costa, optamos por no detenernos en Antofagasta para economizar un poco tiempo y evitar meternos en el lio de la ciudad.

 

 La carretera nos cansó bastante, aunque el estado de la pista es ideal.  Ya había caído la noche cuando llegamos a una pequeñita comunidad que se llama Caleta Paposo; sabíamos que estábamos cerca del mar, podíamos olerlo, sentir la humedad en la piel y en las fosas nasales, fue un tanto abrumador… Además el cambio de altura –después de tantos meses de no haber descendido de los 2000 m.s.n.m. ahora estábamos a la altura del océano, y eso lo resentimos por igual David, la Zaigua y yo.

 

Ahora que estamos más cerca y que hemos encontrado donde dormir –este pueblo es en realidad diminuto- tenemos la certeza de estar frente al mar, lo escuchamos, pero hay mucha niebla y no podemos verlo.  El sueño nos está venciendo, así que disfrutaremos de este olor a tierra húmeda y sal que resultan tan extraños, y seguramente dentro de muy poco estaremos dormidos. Ya mañana descubriremos donde es que estamos en realidad.

 

 

Andrea

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Comentarios: 1
  • #1

    SParis (miércoles, 09 marzo 2016 20:52)

    Muere bastante gente en esas rutas por que al ser muy monótonas muchos se suelen quedar dormidos y chocan de manera frontal. También hay gente que se confía y va a velocidades muy altas con el peligro de chocar con alguien de frente.

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