vie

01

ago

2014

Un día que no olvidaremos

Con Diana, Ale, Matías y Cristian
Con Diana, Ale, Matías y Cristian

Últimamente nos estamos convirtiendo en buscadores de piedras ya que las artesanías que realizamos nos ayudan a financiar nuestro proyecto. Los artesanos de Puerto Iguazú nos comentaron que nos acercáramos hasta La Libertad (a unos 40 km) para buscar la piedra morada por excelencia, la amatista. Efectivamente, la encontramos, pero la selva panaerense no nos dejó marchar.

 

Al llegar a La Libertad conocimos a Carmona, nuestra llave para poder llegar a las piedras. Carmona trabaja enviando turistas a la mina Santa Catalina pero a nosotros esas piedras no nos servían ya que nos las iban a vender muy caras. Le explicamos que nuestra intención era buscar nosotros las piedras directamente si era posible. Nos dijo que probáramos suerte con los chicos de su barrio, quizás alguno se animaba a acompañarnos.

Al llegar al barrio de San Antonio, enseguida un grupo de niños y adolescentes nos rodeó para vendernos sus piedras. Les explicamos nuestra idea y unos cuantos se animaron a acompañarnos hasta una mina abandonada. Como todos eran menores fuimos a pedir permiso a sus padres y aunque nos miraban como si fuéramos unos turistas raros, dieron su aprobación y Diana, Matias, Cristian y Ale se vinieron de excursión con nosotros.

 

Los chicos no paraban de hablar ni un segundo, todo el rato contando historias y haciendo chistes, así fue toda la tarde, todo un espectáculo. El último tramo del camino con la Zaigua nos hizo un poco complicado, había bastante barro y tenía cierta inclinación, pero bueno, malo sería que no pudiéramos regresar.

A menos de 100 metros de donde aparcamos, los chicos empezaron a cavar superficialmente y comenzaron a aflorar piedras de cristal, unas más claras y otras más moradas. Nos sorprendió la facilidad con la que se podían recoger, nunca nos lo hubiéramos imaginado.

 

Nos dijeron que continuáramos un poco más para agarrar mejores piedras, nosotros no tuvimos ningún inconveniente pero al adentrarnos en la selva nuestra torpeza se hizo evidente. Los muchachos se movían con total naturalidad mientras que nosotros si podíamos dar cuatro pasos en la dirección correcta era todo un éxito. En un momento dado nos tuvimos que quitar el calzado para atravesar un pequeño lago y a partir de ahí tuvimos que ir todo el rato descalzos.

Efectivamente los chicos no se equivocaron, en esta zona encontramos mejores piedras. Además ellos tenían un ojo certero para encontrarlas, sabían donde pararse, cavar menos de un palmo y empezar a sacar puntas de piedra y grandes rocas con amatista.

 

Lo peor de todo era la humedad que se sentía y los mosquitos que no paraban de picarnos. En un momento dado era tal agobio que sentíamos por los insectos, que decidimos marcharnos, además ya teníamos piedras suficientes.

 

Los muchachos también venían contentos porque pudieron llevarse otra cantidad igual a la nuestra a sus casas.

Hasta aquí todo había salido a las mil maravillas pero parecía que la pachamama quería cobrarnos su peaje particular por llevarnos su tesoro. Cuando nos metimos todos en la Zaigua y tratamos de regresar, a los 50 metros, la combi comenzó a patinar por el lodo impidiéndonos avanzar. Retrocedimos y lo intentamos de nuevo pero otra vez nos quedábamos atorados. Lo malo era que ya estaba anocheciendo y aunque sacáramos el vehículo de donde estábamos, todavía teníamos otros 300 metros de terreno embarrado por delante.

 

Nos asustamos porque los niños ya deberían  estar en sus casas y sus padres debían estar alarmados. No había de otra que dejar a la Zaigua y caminar los 5 km que nos separaban del pueblo. Cuando llegamos (prácticamente de noche) obviamente los padres estaban preocupados. Les explicamos la situación y les dijimos que teníamos que regresar con nuestro vehículo. Nos dijeron que mañana tratarían de buscar a alguien que nos pudiera echar una mano pero al ser fin de semana iba a estar complicado. Eso sí, nos tranquilizaron diciéndonos que allá íbamos a estar seguros.

 

A duras penas pudimos llegar hasta la Zaigua, con las prisas nos olvidamos de traer una linterna e íbamos con cuidado de no tropezar o peor aún, de encontrarnos con alguna serpiente. Mañana no se como saldremos de aquí pero algo se nos tendrá que ocurrir, tampoco podemos esperar al lunes a que nos vengan ayudar, en fin, a descansar y mañana sera otro día.

 

David

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